Cuando nos gustan mucho, y por igual, dos prendas que se exhiben en las vidrieras de un comercio, al punto de no poder determinar cuál de ellas preferimos por sobre la otra, por lo general, atravesamos un momento de indecisión. El cual, si disponemos del dinero suficiente como para hacerlo, aunque hubiéramos planeado comprar tan solo una prenda, nos puede llevar a adquirir las dos.
En el caso de no disponer del dinero suficiente, seguramente encontraremos las razones que nos harán inclinarnos por una, prometiéndonos regresar algún día por la otra.
Ahora bien, lo que de seguro nunca ocurrirá, es que, si hemos entrado al local para comprarnos una prenda, y nos encontramos conque hay dos que nos gustan por igual, determinemos por esta razón no comprar ninguna. Ni mucho menos, que, si nos gustan dos prendas por igual, al punto de no poder determinar cuál de ellas nos agrada más, por esta razón le dejemos al comerciante el dinero que teníamos destinado para la compra de una, pidiéndole que no nos entregue ninguna de ellas ya que no podemos decidir cuál, y nos retiremos del lugar con las manos vacías.
Ahora bien, lo que sí sucederá, casi indefectiblemente, es que lo primero que haremos en cualquiera de estos casos será expresar, al vendedor, a un acompañante, o quien pueda oírnos, “que nos agradan tanto ambas prendas que no sabemos por cual de ellas decidirnos”.
Ahora, si nos agradaran “tanto” dos candidatos que no pudiéramos decidir cuál de ellos queremos que nos represente, lo que sucedería, casi con absoluta certeza, es que, conscientes de que solo podemos elegir uno, nos inclináramos por alguno valiéndonos de una motivación cualquiera. O, en su defecto, si atravesáramos un momento de verdadera indecisión, nuestro inconsciente o subconsciente o estado no consciente, seguramente respondería por sobre nuestro estado consciente empujándonos a expresar ese estado de conformidad, agrado o beneplácito, colocando ambas boletas dentro del sobre. Lo cual, por supuesto, sería motivo de anulación.
Bien, pero lo que nunca nos podrá llegar a ocurrir, es que, si concurrimos a una elección para expresar nuestra voluntad y nos encontramos conque nos gustan “tanto” dos candidatos que se nos hace difícil el decidirnos por uno, habiendo además otros competidores, nuestro momento de indecisión nos lleve a "no votar por ninguno".
Esta, es sin dudas una interpretación sumamente contradictoria, casi al borde de la arbitrariedad.
Dado que hemos decidido vivir en una “democracia”, palabra cuya etimología y definición exacta resultar ser nada menos que “gobierno del pueblo”. Sin ánimo alguno de ser crueles con nadie, deberíamos darnos la posibilidad de interpretar esta ausencia de una boleta electoral dentro de los sobres, como más cercana a un desagrado, disconformidad, o imposibilidad de sentirnos representados por alguno de los postulantes. Al punto de no querer expresarnos en tal sentido, ni siquiera para darle nuestro voto al que menos nos disgusta.
Como sabemos, en la actualidad la lectura que se le da al voto en blanco, es la de indeciso, por lo cual bien puede ser repartido, a través de una tabla para determinar porcentuales, como voto a favor entre los candidatos de aquellos partidos políticos que hubieran obtenido, por ejemplo, la mayor cantidad de votos. Y esto tan solo dependería de los códigos electorales de cada provincia.
Cabe el preguntarnos, cómo hemos hecho para permitir semejante lectura.
El porcentaje de votos nulos y votos en blanco presente en los comicios de los últimos años, aún a pesar de ciertas campañas tendientes o que favorecen quizás a crear confusión, es en verdad importante. Y seguramente lo sería mucho más aún, si acabáramos de comprender que durante los comicios electorales se eligen única y exclusivamente representantes. Y lo fundamental que resulta para nosotros, y para la democracia, que tuviéramos claro que debemos concurrir a expresar nuestra voluntad motivados solo por dicha exigencia, y pensando como ciudadanos, responsables, que deben decidir en quién delegar responsabilidad.
Nada menos.