12/5/09

Parte XII

Lo que nosotros comprendemos como la muerte, no es otra cosa que la erosión de la materia. La cual puede ser progresiva producto del natural desgaste efectuado por el paso del tiempo, o por enfermedad, como una roca expuesta a la lenta pero ineludible erosión del mar, o violenta, como la erosión producida por el rozamiento (la energía) de un proyectil al pasar a través de un cuerpo.
Deberíamos recordar ahora, que solo estamos hablando acerca del miedo, en este caso a la muerte o a la conceptualización que hemos hecho de ella, y no de la degradación o disfunción de las unidades (celulares o moleculares) que componen la materialidad de la vida presente en un organismo. Ya que estas, bien pueden dejar de prestar su determinada función específica por tantísimos otros factores, como lo pueden ser fallas genéticas o de orden congénito. Aunque el resultado (causa-efecto) pueda ser el mismo.
Por tanto, si la muerte no es el enemigo de la vida, ya que esta solo se trata de la erosión de la materia, podríamos deducir entonces que el miedo es en si mismo el enemigo. Y quizás no estaríamos tan equivocados, ya que sabemos que el miedo demanda enormes cantidades de energía para su sustento, a la cual accede utilizando a nuestra ignorancia como llave.
Allí radican y se nutren todos nuestros miedos.
Se teme a aquello que se desconoce, y perdemos ese temor a medida que más profundamente conocemos el “objeto” o situación generadora del mismo.
Por supuesto, al igual que ustedes, tampoco colocaría mi mano frente a una serpiente. Pero no por ello, por ejemplo, deberíamos privarnos de salir a vivir la naturaleza.
Tomando ciertos y serios recaudos, aquellos que nos brinda el conocimiento, con los cuales, por ejemplo, poder diferenciar entre una víbora o una culebra. O generalizar sus hábitos de conducta. Y por tanto determinar horarios y estaciones del año de mayor actividad. Extremando por esto los cuidados durante el verano. Saber cuales zonas de nuestro cuerpo se encuentran más expuestas a recibir una picadura. Y entonces no introducir descuidadamente nuestras manos debajo de piedras o troncos, ni pisar distraídamente sobre matas tupidas de hierbas o pajonales. O recordando caminar haciendo siempre abundante ruido, dado que ya sabemos que las serpientes no atacan sino que se defienden, y que su mayor órgano sensitivo capta con suma precisión las vibraciones. Conocer la forma en la cual pican e inyectan su veneno, y reconocer así su indispensable posicionamiento previo. Y, sobre todas las cosas, saber que existe un antídoto denominado suero antiofídico, el cual, cuidando ciertas condiciones, bien podemos llevar en un botiquín de campaña. Y, si así y todo, tuviéramos la desgracia de recibir una picadura, saber que lo más importante es conservar la calma, dado que de lo contrario, podrían elevarse nuestro ritmo cardíaco y presión arterial, aumentando el flujo sanguíneo, lo cual apresuraría los efectos del veneno en nuestro organismo.
Sin intensión alguna de demonizar a estos animales, que, comparados aún con el más inocente de los seres humanos, son sin ningún lugar a dudas muchísimo menos nocivos. Todos sabemos en cual cantidad, fundamentalmente en determinados ámbitos de la vida de nuestras sociedades, se aglutinan ciertos tipos de hombres y mujeres capaces de una ponzoña definitivamente aún más letal. No por ello, por ejemplo, deberíamos privarnos de la posibilidad de vivir de acuerdo a la manera en que creemos, y sentimos.
Sin duda, el único enemigo cierto de la Humanidad, somos los seres humanos mismos. Nosotros somos nuestro enemigo. Tanto así, que el concepto “enemigo” es una construcción hecha por el hombre, aplicable solo a las cosas de los hombres o a su interpretación. Y no estaría para nada mal, el comenzar a desinstalar definitivamente aquella idea (o información) del interior de nuestras mentes, para un día comenzar a construir una nueva estructura de pensamiento. Liberando a la razón de tanta oscuridad, tanto miedo.
A estas alturas, convendría el inquirirnos aquí acerca de cuál podría llegar a ser el verdadero enemigo de nuestra libertad. Ya que, si como conjunto no logramos vivenciarla y protegerla aceptablemente, tampoco lograremos acceder a ella individualmente más que en apariencias.
Como individuos sociales que somos, lo que no logremos como conjunto en este aspecto, nos afecta a todos y cada uno por más individualismo que profesemos. Y como hemos comprendido, el concepto “enemigo” no es más que una construcción intelectual con la cual hemos querido explicarnos algo que sucedía en nuestro interior. Por tanto, solo allí existe como tal y desde allí se proyecta hacia el otro y hacia lo que nos rodea. Y su raíz, íntimamente emparentada a la imposibilidad de resolución a un conflicto, esta intrínsecamente relacionada al miedo.
Pudimos creer, al “miedo a la muerte”, pero quizás esto no sea así, dado que la muerte, de alguna manera nos libera de la angustia concentrada en el conflicto, y, en todos los casos, bien podríamos asociarla a nuestros deseos más íntimos de alivio, muy próximos a lo idealizado por nosotros, de manera cuasi onírica, como la “libertad”.
Pero, ya sabemos que la libertad no es esto. Y que muy a diferencia de lo que nos sucede con la muerte, esta no nos remite a idea alguna de comodidad o descanso. Por lo cual, deberíamos comenzar a aceptar, quizás más abiertamente, que no hay miedo más profundo que el miedo a la libertad el cual es más profundo aún que el miedo a la muerte. Y como habíamos comprendido, el miedo viene a nosotros de la mano de nuestra ignorancia. Por ello será, quizás, que somos tan capaces de matar o morir en su nombre, con tal de no afrontarla.
Sería conveniente el diferenciar que, cuando hablamos acerca del miedo, lo hacemos refiriendo a las construcciones, o más específicamente al enorme cúmulo de errores, falsas interpretaciones, equívocas subjetivaciones, y a toda esa infinita cantidad de sombras que nuestra ignorancia o desconocimiento han permitido, y no a las señales con las cuales la mente protege la integridad de ese universo de órganos y estados que componen a un individuo. Ya que, así como el “dolor” es la señal con la cual nuestra mente se entera y nos entera cuando acontece un problema o circunstancia que puede comprometer el normal funcionamiento y/o integridad de nuestro ser, el “miedo” es la señal con la cual nos prevé, anticipadamente, de la posibilidad de este riesgo.