Es una herramienta "comúnmente" utilizada por nuestro estado conciente, el evadirnos o minimizar todo aquello que nos hace daño. Fundamentalmente si la solución a aquello que nos daña se encuentra momentáneamente fuera de nuestro alcance.
Así, deberemos aceptar que, dentro de ese cosmos de conocimientos al que denominamos “cultura popular”, dentro del cual se enmarca aquel “comúnmente”, solo una circunstancia no encuentra o no conlleva resolución, y esta es la muerte. La cual, nos vemos obligados a aceptar sin más, considerando quizás como única alternativa posible, la de valorar más plenamente cada momento de vida. El resto de las cosas o circunstancias, tienen solución. Todo depende de nosotros, de nuestra madurez y quizás también de nuestro coraje para hacernos responsables de nosotros y nuestro destino, y resolver, modificar, enfrentarnos o solucionar aquello que nos daña.
Entonces, por qué negarnos a aceptar el profundo daño en lo humano que nos produce el faltarnos el respeto de manera tal, de llegar a vernos cometer lo que podría llegar a entenderse como un delito, por el solo hecho de no haber implementado una herramienta válida que nos permita expresar acabadamente nuestra voluntad durante los sufragios electorales.
Este hecho que podría parecernos menor, no lo es.
Hay una etapa en nuestras vidas (y todos los que ya sean padres comprenderán más rápidamente lo que estoy por decir, y los que no, será cuestión de recordar cuando ellos mismos eran niños), en la cual no somos libres de decidir por entero sobre nosotros. Esa etapa es la infancia, la cual, en lo concerniente a nuestras leyes, suele extenderse, de una u otra manera, hasta la adolescencia.
Ahora, como sociedad, cabe el preguntarnos, por qué nos obligaremos a esta eterna inmadurez que nos impide enfrentarnos y resolver aquellos errores, algunos de ellos tan simples pero que nos han causado tanto daño, y salir así de lo negativo de este círculo (esta auto-impuesta imposibilidad de resolver), como para legar a nuestros hijos y a nosotros mismos, algo más que esta incomprensible impotencia (incapacidad).
Es hoy una práctica ya culturalmente aceptada, la de votar a aquellos candidatos que sabemos no tienen chance o posibilidad alguna de ganar, solo por el hecho de cumplir con la obligatoriedad de nuestro voto, aún así, aunque no nos sintamos en absoluto representados por estos, y con la única finalidad (o motivados tan solo por el deseo) de cometer el menos grave de los errores posibles, o al menos, de no formar parte de aquella que nos parece podría ser la peor de las elecciones.
Tendríamos que vernos a nosotros mismos a través de la mirada de un niño, un joven, nuestros hijos, tratando de explicar esta situación.
Las incomprensibles y degradantes e intrincadas y siempre inconclusas razones que esbozamos para justificarnos.
En verdad, en momentos como esos, damos pena.
En instantes como esos, toda la realidad y suerte del conjunto, se hace visible en nuestra realidad individual y como individuos, damos pena.
Y ni que hablar cuando votamos aquello que supuestamente ha elegido (o podría haber elegido) la mayoría, solo motivados por la ilusión, la esperanza de que quienes obtengan esa tan apetecible mayoría absoluta tengan la intensión de aprovechar aquella libertad de acción que da el respaldo (el pueblo) para hacer lo que deben.