10/6/09

... contradicción

tan tremenda, como la de haber intentado protegernos....MUTILÁNDOLAS

20/5/09

Parte I

Un concepto, unidad cognitiva de significado, no es más que la interpretación o decodificación de algo ya existente.
La libertad, además de un concepto, es un don innato inherente a nuestra condición como seres humanos.
La palabra libertad, es una expresión utilizada por todos aquellos que compartimos el idioma castellano que muy bien podría significarnos cualquier otra cosa, pero el concepto abarcado o comprendido por ella, no.
Sin importar cuál idioma se utilice, lo esencial en un concepto a transmitir no varía.
El concepto comprendido por la palabra “elección”, es el primero de los pasos a través de los cuales, aquello inherente a nuestra condición que hemos decodificado a través del concepto libertad, ingresa a nuestra realidad concreta, siéndonos entonces posible comprenderla como tal.
Ambos conceptos se encuentran intrínsicamente relacionados.
Sin libertad, sería imposible la existencia del concepto elección.
Sin elección, jamás sabríamos de qué trata aquel concepto al cual hemos denominado libertad.
Cuando condicionamos nuestras posibilidades a "optar", mutilamos nuestra libertad.
Y la libertad es una condición sine qua non relativa al Ser, indispensable para comprendernos (y realizarnos) a nosotros mismos como seres humanos.
Dentro del concepto “elección”, nuestra libertad comprende una alternativa que bien podríamos denominar como “no elección”, como acción, parte indispensable y fundamento primordial del mismo.
Ahora bien, a qué referimos entonces cuando utilizamos la palabra “elección”.
Qué significa exactamente ese concepto hoy para nosotros.
Básicamente, nos debería significar el tener la posibilidad de optar, ante todo, entre dos alternativas elementales y/o fundamentales básicas como lo son la del o la del No.
Ya que, considerando que el concepto libertad es el motor de toda elección y sin este concepto el concepto elección nos sería incomprensible, siempre tendremos la posibilidad (libertad) de elegir “uno” entre "varios" caminos o alternativas, o "no optar" por ninguno o ninguna si es que esto nos parece lo correcto o no sentimos motivación para hacerlo. Eso es libertad.
En las democracias, durante los comicios electorales se eligen representantes.
En las “elecciones” como comúnmente solemos decir y decimos con propiedad, algunos integrantes de nuestra sociedad se exponen a nuestra consideración para ser electos por nosotros para desempeñar esa función. Y, una vez elegidos, representarnos ante los demás integrantes de esta u otras sociedades en nuestro nombre.
En las sociedades, quizás con un nivel de madurez distinto al nuestro, los comicios electorales suelen ser libres.
Esto quiere decir que los ciudadanos tienen la libertad de presentarse como electores a elegir mediante sufragio a quienes creen en condiciones de representarlos, si es que están de acuerdo con ello, o no hacerlo si es que esa es su voluntad.
Esto sucede de este modo, porque de no contemplarse a la “no elección” como parte, componente elemental y fundamento de la acción con la cual nos compenetramos con la integridad de nuestro ser (libertad), estaríamos, al condicionar ese primer paso que la libertad debe dar para ingresar y conformarse como núcleo esencial de nuestra realidad individual y colectiva, coaccionando sobre la misma.
Mutilando de esta manera nuestras posibilidades a un desarrollo pleno en este sentido.
Y debemos aceptar que dentro del concepto elección, nuestra libertad comprende esa alternativa que podríamos denominar “no elección” como acción, parte y fundamento.
Y la “libertad” es una condición sine qua non relativa al ser, indispensable para comprendernos y realizarnos como tales.
Restringir esta posibilidad durante una elección, es mutilar parte de nuestra libertad, la cual es un don innato inherente al ser.
Mutilarla, es mutilarnos.

Parte II

La libertad y el individuo son el “alma” de todo Derecho, y estos la columna vertebral de toda Constitución, y estas, los pilares sobre los cuales se erige toda Democracia.
En libertad, toda elección comienza indefectiblemente con la opción entre dos alternativas básicas elementales como lo son la del o la del No.
Como sabemos, en nuestro país no existe dicha alternativa.
Nosotros hemos autocondicionado nuestra libertad al restringir deliberadamente nuestras posibilidades al momento de la opción.
Al obligarnos, por Ley o mediante ella, a emitir nuestro voto aunque no estuviéramos de acuerdo en ello o no nos sintiéramos representados por ninguno de aquellos conciudadanos expuestos a nuestra consideración para tal fin, hemos mutilado una parte vital de nuestra integridad.
No estaría para nada mal el comprender que, la continuidad histórica y fundamentalmente el desarrollo alcanzado por aquellas democracias que sí consideran esta posibilidad, en bastísimos órdenes, es sin dudas muy diferente al nuestro.
Con lo cual, entre otros tantos factores a considerarse como posibles para una comprensión más acabada de las diferencias en el desarrollo alcanzado por estas, deberíamos contemplar “a la protección de la libertad en sus estamentos más elementales”, como raíz conceptual generadora y potenciadora de dichos logros.
Por supuesto, no deberíamos desconocer que, muy probablemente y quizás por la suma de tanto estos como otros muy diferentes factores, nuestra sociedad no ha logrado alcanzar aún (o no encuentra todavía) el nivel mínimo indispensable de madurez como para darnos la posibilidad de ejercer en plenitud nuestra libertad.
De todos modos, nada nos impide el comenzar a reconciliar aquella realidad individual y colectiva con nuestra propia integridad, recuperando un mínimo de respeto hacia nosotros mismos (paso ineludible para el logro de dicha madurez) al implementar, por ejemplo, un instrumento válido (LEGAL) que nos permita expresar de manera acabada nuestra voluntad mediante el sufragio.
Una BOLETA de EXPRESIÓN CÍVICA.
Digamos, exactamente igual a cualquier otra Boleta Electoral, pero sin la participación de partido político alguno.
Una Boleta de Expresión plenamente cívica.
Que nos sirva para contemplar los casos en los que no nos sentimos representados por ninguno de los conciudadanos expuestos a nuestra consideración como postulantes a un cargo público.
Una herramienta que sintetice nuestra madurez como ciudadanos así como nuestra salud como individuos y como sociedad.

Parte III

Bien, una buena manera de visualizar y comprender nuestra situación real con respecto a este tema, y a la vez vislumbrar posibles causales del distanciamiento producido entre nuestra realidad como individuos y nuestra realidad como conjunto, sería el imaginarnos un edificio con múltiples habitaciones sucesivas a las cuales solo podemos ingresar, en primera instancia, a través de una única puerta la cual debemos trasponer para continuar avanzando.
La libertad, es el momento previo a esa decisión, o sea, el aún no haber ingresado al edificio ni tampoco elegido no entrar.
Así como también, la certeza de que estamos fuera, o en un determinado momento hemos estado fuera de él. O simplemente, el saber que podemos salir del mismo cuando lo consideremos oportuno o necesario.
Eso es la “libertad”.
La cual comprendería la alternativa de no entrar al edificio como parte de la "elección", así como también, a la "no elección" o falta absoluta de motivación en tal sentido, lo cual nos llevaría a no haber contemplado jamás alternativa alguna al respecto.
Como sabemos, una Ley, es una herramienta conceptual de la cual servirnos para proteger nuestros derechos y libertades, pero una errónea interpretación, bien de la misma o sobre las obligaciones a legislar, muy bien puede transformarla en un arma.
Imaginémonos entonces que, aún en contra de nuestra voluntad, alguien nos obligara a entrar al edificio apuntándonos con un arma.
Queda inmediatamente eliminada una alternativa u opción básica o elemental contemplada por nuestra libertad como primer paso “fundamental” a toda elección.
Coartada nuestra libertad, no tenemos más opción que ingresar al edificio.
Ahora bien, ingresamos al edificio al cual conceptualizaremos entonces como “Sí”, ya que el señor con el arma nos ha quitado nuestra posibilidad a la opción “No”, en este caso, no entrar. Y nos encontraremos conque esta es exactamente la situación actual de nuestra realidad como individuos en relación o con respecto a nuestra realidad como conjunto o colectiva.
Como individuos, libres y en potestad plena de derecho que somos, no hemos elegido ingresar a este edificio sino que hemos sido obligados a hacerlo.
Dicho ahora con más claridad, en la República Argentina nos obligamos por Ley a concurrir a los comicios electorales en calidad de votantes. El señor con el arma somos nosotros mismos.
Pero considerando nuestra vastísima inmadurez como ciudadanos, esto no es en si lo más grave, lo en verdad insostenible, es que no hallamos implementado una simple herramienta (que preserve en un mínimo indispensable nuestra libertad)con la cual expresarnos acabadamente una vez dentro del cuarto oscuro.

Parte IV

Bien, esta suerte de ejemplo o intento de paralelismo con situaciones imaginarias pero posibles en nuestra realidad como individuos, en las cuales, conscientemente o no, mediante constantes elecciones resolvemos el humilde destino de nuestras vidas, nos debería servir para comprender cómo, o de cuál manera, nuestra realidad como conjunto no solo se ve condicionada por el distanciamiento producido entre ambas sino que, además, afectada ya por dicho distanciamiento, no hace más que devolvernos o condicionar todas y cada una de nuestras realidades individuales. Ya que, en nuestra realidad como conjunto y fundamentalmente en la interpretación que le hemos dado al concepto democracia y a su implementación en sus aspectos o rudimentos más básicos o elementales, hemos generado (o autoinfringido) al comenzar desde la repetición de un mismo error, lo que se denomina “contradictio” o una contradicción, como lo es el hecho de intentar protegerla mutilándola.
No deberemos eludir tampoco el hecho de que (en nuestra realidad como componentes de esta sociedad, la cual nos ha nutrido y en la actualidad todos los aquí presentes aún compartimos) ninguno de nosotros ha nacido fuera de aquel edificio al que hacíamos referencia. Por tanto, haríamos muy mal en tan solo discurrir escasamente acerca de qué es en si la libertad, sin intentar darnos al menos una vez la posibilidad de vivenciarla.
Jamás hemos vivido una DEMOCRACIA real.
Con lo cual, ninguno de nosotros a sido jamás verdaderamente LIBRE.
Razón esta, por la cual, tampoco podríamos saber a ciencia cierta si seríamos capaces o no de poder gobernarnos a nosotros mismos. Como más tarde o más temprano, sabemos, deberá suceder.
Aunque nos cueste comprenderlo, quizás por la enorme sutilidad de tantísimos autoengaños, no hay miedo más profundo que el miedo a la libertad, el cual es más profundo aún que el miedo a la muerte. Ya que esta a diferencia de la muerte, no nos remite a idea o sensación alguna de descanzo, sino a todo lo contrario.
Pero, de todos modos y así todo, nos guste o no nos guste, deberemos aceptar que la Tierra sin ningún lugar a dudas y aún muy a pesar de todos nuestros miedos y reparos, era, lo es aún y continuará siendo, redonda.

Parte V

Como seguramente ya todos hemos comprendido, nuestra Constitución contiene toda una serie muy clara de precisiones acerca de la esencia fundamental, tanto de derechos como de obligaciones, a legislar.
Su implementación o puesta en practica, dependerá siempre de la interpretación que le hayamos dado a lo por nosotros allí expresado.
Repasemos algunas de sus partes:
En el Artículo 37, de la Primera Parte, Capítulo Segundo de la misma, establece:
"Esta Constitución garantiza el pleno ejercicio de los derechos políticos, con arreglo al principio de la soberanía popular y de las leyes que se dicten en consecuencia, el sufragio es universal, igual, secreto y obligatorio”.
”La igualdad real de oportunidades entre varones y mujeres para el acceso a cargos electivos y partidarios se garantizará por acciones positivas en la regulación de los partidos políticos y en el régimen electoral”.

Como vemos, el mismo no determina específicamente la manera en la cual deberá implementarse, así como tampoco sus limitaciones.
Por otra parte, en el Artículo 30, del Capitulo Primero de la Primera Parte, determina:
“La Constitución puede reformarse en el todo o en cualquiera de sus partes. La necesidad de reforma debe ser declarada por el Congreso con el voto de dos terceras partes, al menos, de sus miembros; pero no se efectuará sino por una Convención convocada al efecto”.
Con lo cual, deberemos comprender y aceptar que la misma, no es modificable a no ser, o solo a través y/o por intermedio de los representantes del pueblo de la Nación Argentina.
Pero, en el Artícuo 39, del Capítulo Segundo, específica:
Los ciudadanos tienen el derecho de iniciativa para presentar proyectos de ley en la Cámara de Diputados. El Congreso deberá darles expreso tratamiento dentro del término de doce meses”.
“El Congreso, con el voto de la mayoría absoluta de la totalidad de los miembros de cada Cámara, sancionará una ley reglamentaria que no podrá exigir más del tres por ciento del padrón electoral nacional, dentro del cual deberá contemplar una adecuada distribución territorial para suscribir la iniciativa”.

No serán objeto de iniciativa popular los proyectos referidos a reforma constitucional, tratados internacionales, tributos, presupuestos y materia penal”.
Y en la Tercera de sus Disposiciones Transitorias, agrega:
“La ley que reglamente el ejercicio de la iniciativa popular deberá ser aprobada dentro de los dieciocho meses de esta sanción (corresponde al Art. 39)”.
Lo cual, nos garantiza la posibilidad de contribuir ( corregir, ampliar) en el mejoramiento de la interpretación de la misma.
También dentro de la Primera Parte, el Artículo 22 dice:
“El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición”.
Y el Artículo 33, reafirma:
“Las declaraciones, derechos y garantías que enumera la Constitución, no serán entendidos como negación de otros derechos y garantías no enumerados, pero que nacen del principio de la soberanía del pueblo y de la forma republicana de gobierno”.
Tendríamos que recordar que, durante la elección de representantes, al momento de elegir no somos una sociedad sino que somos individuos con un nombre y número de documento a solas en un cuarto al cual solo puede acceder un único ciudadano por turno. Recién en la sumatoria, es que volvemos a comprender (conformar) a esa sociedad nuevamente como a una unidad.
Al momento de elegir representantes, estamos solos.
Usted debe elegir quien lo represente a usted, y lo mismo debemos hacer cada uno de nosotros.
Y esto es así, porque esa unidad conceptual que deviene del común acuerdo al cual denominamos “pueblo de la Nación Argentina”, no existe en la realidad, tanto individual como colectiva, más que por nuestro intermedio.
Y esto se pone en evidencia durante los comicios electorales.
Al momento de elegir, todo el pueblo de la Nación Argentina es usted y nada más que usted. Y el destino de ese común acuerdo al cual denominamos nuestra Nación, depende de que usted comprenda que lo que esta haciendo allí, es elegir a quien lo represente a usted, y no decidiendo los destinos de esa unidad conceptual. La cual le demanda específicamente, como ciudadano y componente de esta sociedad, que piense exclusivamente en si mismo al momento de elegir quien lo represente, como única y más eficaz manera de asegurar el fortalecimiento y permanencia del sistema a través del cual ésta se concreta.
Muy mal haríamos, en presentarnos a una elección motivados por la idea de decidir qué sería lo mejor para el otro, o pensando en el conjunto, porque de este modo, quedaría desvirtuada la esencia vital del sistema democrático.
Usted no puede ni debe pensar o decidir por otra persona, porque estaría avasallando sus derechos, por cuanto, ninguno de nosotros concurre a una votación como representante del conjunto para decidir los destinos de nuestra Nación, o lo que es mejor o peor para ella, así como tampoco, claro esta, debemos concurrir signados por la esperanza de cometer quizás el menos grave de los errores, sino que, concurrimos, específicamente, para elegir un conciudadano que nos represente.
Ahora bien, qué nos sucede si no nos sentimos representados por ninguno de los conciudadanos expuestos a nuestra consideración para tal fin durante una elección.
Deberemos reconocer, que no hemos implementado una herramienta válida que nos permita expresar más acabadamente nuestra voluntad.

Parte VI

Antes de ingresar nuevamente a aquel edificio imaginario, tratemos de visualizar la situación en la que nos hemos colocado y en la cual actualmente nos encontramos. Imaginando, por ejemplo, que deseáramos comprar, o mejor, que nos fuera "imprescindible" algún tipo de abrigo para afrontar las bajas temperaturas invernales y, además, para nuestra conveniencia hubiéramos decidido que dicha prenda fuese de color azul, ya que este color combina con el de la vestimenta que debemos utilizar en nuestro lugar de trabajo.
Razón por la cual y a fin de procurárnoslo, concurrieramos a un comercio dedicado a la venta de indumentaria.
Como vemos, en este caso hemos efectuado libremente la primera acción o primer paso indispensable en toda elección y, hasta el momento, todo transcurre con normalidad.
Pero, supongamos que una vez allí, en el interior del negocio nos encontramos conque el propietario nos dice que no solo no tiene en existencia dicha prenda, sino que, además o para nuestro pesar, nos vemos obligados a comprarle una camiseta de verano en colores rojo, blanco o amarillo como única opción para poder retirarnos, impidiéndonos abandonar el local sin efectuar dicha compra, tras aducir como argumento una sospechosa inscripción conteniendo esa advertencia, ya presente en la vidriera.
Esta situación, u aberración, la cual nos resultaría inadmisible y para la cual hemos implementado ya los instrumentos válidos necesarios para protegernos. Razón por la cual, bien podríamos calificar de estafa, abuso, privación ilegítima de la libertad, etc., etc. Calificaciones estas contempladas por nuestras leyes que nos resguardan de la necesidad de considerar la alternativa de infringir o autoinfringirnos algún tipo de daño para salvaguardar la más importante de nuestras posesiones, como lo es nuestra integridad (en todos sus aspectos). Y por tanto, no nos veríamos obligados a causar algún tipo de daño a la integridad del comerciante ni a su propiedad, así como tampoco hacerlo sobre nosotros mismos, como lo sería el destruir nuestro propio dinero para que no se pudiera concretar este degradante atropello. No encuentra contraparte en el paralelismo del primer ejemplo.
Ahora sí, volvamos al edificio.
Al no haber implementado un instrumento válido que nos permita expresar acabadamente, por ejemplo, cuando “NO nos sentimos representados por ninguno de nuestros conciudadanos expuestos a nuestra consideración para tal fin”, la utilización del concepto “elección” para definir a aquella acción a concretar durante los comicios, queda gravemente comprometida por esta mutilación, podríamos decir, automáticamente inhibida al entrar en seria contradicción.
No se trataría de una “elección, por cuanto nos vemos obligados a optar por uno de los representantes aún si no nos sintiéramos representados por ninguno de ellos. Sin tener una opción (legal) para impedirlo.
Este supuesto descubrimiento, que no es tal, nos conduce al centro de la primer sala de aquel edificio (la cual por otra parte nunca hemos abandonado).
Ya que la misma, si pudiéramos contemplarla desde una perspectiva un tanto más elevada, como lo sería una vista desde un piso superior, nos mostraría que se trata de una gran sala circular, laberínticamente dividida en o por un número de habitaciones semejantes unas a otras, las cuales se encuentran a su vez comunicadas por una determinada cantidad de puertas de las cuales ninguna de ellas nos conduce al exterior o a sala contigua alguna.
Ahora, no solo nos hemos obligado, por ley, a ingresar a aquel edificio, sino que, además, al no contemplar la posibilidad de la creación de una simple puerta que nos comunique con otra área del edificio, nos hemos negado toda posibilidad de abandonar aquella primer sala. Esa es la situación en la que nos encontramos.
En este punto, deberíamos recordar que aquí tan solo hemos estado hablando acerca de la “libertad”, don innato inherente a nuestra condición como seres humanos, y sobre lo fundamental de ese primer paso que debe dar para consolidarse como núcleo esencial de nuestra realidad como individuos componentes de este conjunto social al cual hemos denominado la Nación Argentina.
Primer paso, al cual hemos llamado “elección”.

Parte VII

La boleta a través de la cual expresamos nuestra voluntad, así como el sobre conque protegemos la confidencialidad de nuestra elección, son una unidad.
Esta unidad es una herramienta propiedad de todos y cada uno de nosotros como componentes de ese conjunto social al cual llamamos pueblo de la Nación Argentina.
Si nosotros deterioramos una de sus partes, estamos dañando nuestra propiedad. Generándonos un daño en lo económico ya que somos quien solventa la creación de esta herramienta.
Durante una elección, se nos pide que elijamos representantes.
Y no que emitamos ningún otro tipo de consideración con respecto a ningún otro punto ni opinión alguna sobre los candidatos a representante.
Por lo cual, ya que nadie nos ha solicitado nuestra opinión, y sí que elijamos quien nos represente, si como resultado de la impotencia que probablemente nos puede o nos debe generar el NO disponer de una herramienta que nos permita expresar con claridad nuestra voluntad, cuando “No nos sentimos representados por ninguno”, nosotros deterioramos una boleta electoral, estamos generándonos un daño en tres distintos órdenes:
1º) En lo económico, porque somos quienes han pagado por esa boleta.
2º) En nuestra integridad, porque como hombres y mujeres responsables que somos, esta situación causada por la imposibilidad de expresarnos, inevitablemente nos provoca un daño en lo moral.
3º) Como sociedad, porque al haber elegido vivir en un sistema democrático dentro del cual hemos implementado la creación de aquella herramienta con una finalidad específica fundamental, al deteriorarla, queda dañada la esencia misma que nos ha llevado a su creación, y, al aceptar la desvirtuación de dicha esencia como normal, lesionamos gravemente a la democracia en su totalidad. Democracia (demos = pueblo) (krátos = gobierno), gobierno del pueblo. “La cual es una forma de organización de grupos de personas, cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la totalidad de sus miembros, haciendo que la toma de decisiones responda a la voluntad colectiva de los miembros del grupo. En sentido estricto la democracia es una forma de gobierno, de organización del Estado, en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que le confieren legitimidad a los representantes. En sentido amplio, democracia es una forma de convivencia social en la que todos sus habitantes son libres e iguales ante la ley y las relaciones sociales se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales”.
Ahora, lo que nos sucede cuando ingresamos un sobre vacío en las urnas, es mucho más grave aún. El voto en blanco, también denominado, y muy mal, indeciso, acarrea el enorme riesgo de la contradictoria lectura posterior.

ParteVIII

Cuando nos gustan mucho, y por igual, dos prendas que se exhiben en las vidrieras de un comercio, al punto de no poder determinar cuál de ellas preferimos por sobre la otra, por lo general, atravesamos un momento de indecisión. El cual, si disponemos del dinero suficiente como para hacerlo, aunque hubiéramos planeado comprar tan solo una prenda, nos puede llevar a adquirir las dos.
En el caso de no disponer del dinero suficiente, seguramente encontraremos las razones que nos harán inclinarnos por una, prometiéndonos regresar algún día por la otra.
Ahora bien, lo que de seguro nunca ocurrirá, es que, si hemos entrado al local para comprarnos una prenda, y nos encontramos conque hay dos que nos gustan por igual, determinemos por esta razón no comprar ninguna. Ni mucho menos, que, si nos gustan dos prendas por igual, al punto de no poder determinar cuál de ellas nos agrada más, por esta razón le dejemos al comerciante el dinero que teníamos destinado para la compra de una, pidiéndole que no nos entregue ninguna de ellas ya que no podemos decidir cuál, y nos retiremos del lugar con las manos vacías.
Ahora bien, lo que sí sucederá, casi indefectiblemente, es que lo primero que haremos en cualquiera de estos casos será expresar, al vendedor, a un acompañante, o quien pueda oírnos, “que nos agradan tanto ambas prendas que no sabemos por cual de ellas decidirnos”.
Ahora, si nos agradaran “tanto” dos candidatos que no pudiéramos decidir cuál de ellos queremos que nos represente, lo que sucedería, casi con absoluta certeza, es que, conscientes de que solo podemos elegir uno, nos inclináramos por alguno valiéndonos de una motivación cualquiera. O, en su defecto, si atravesáramos un momento de verdadera indecisión, nuestro inconsciente o subconsciente o estado no consciente, seguramente respondería por sobre nuestro estado consciente empujándonos a expresar ese estado de conformidad, agrado o beneplácito, colocando ambas boletas dentro del sobre. Lo cual, por supuesto, sería motivo de anulación.
Bien, pero lo que nunca nos podrá llegar a ocurrir, es que, si concurrimos a una elección para expresar nuestra voluntad y nos encontramos conque nos gustan “tanto” dos candidatos que se nos hace difícil el decidirnos por uno, habiendo además otros competidores, nuestro momento de indecisión nos lleve a "no votar por ninguno".
Esta, es sin dudas una interpretación sumamente contradictoria, casi al borde de la arbitrariedad.
Dado que hemos decidido vivir en una “democracia”, palabra cuya etimología y definición exacta resultar ser nada menos que “gobierno del pueblo”. Sin ánimo alguno de ser crueles con nadie, deberíamos darnos la posibilidad de interpretar esta ausencia de una boleta electoral dentro de los sobres, como más cercana a un desagrado, disconformidad, o imposibilidad de sentirnos representados por alguno de los postulantes. Al punto de no querer expresarnos en tal sentido, ni siquiera para darle nuestro voto al que menos nos disgusta.
Como sabemos, en la actualidad la lectura que se le da al voto en blanco, es la de indeciso, por lo cual bien puede ser repartido, a través de una tabla para determinar porcentuales, como voto a favor entre los candidatos de aquellos partidos políticos que hubieran obtenido, por ejemplo, la mayor cantidad de votos. Y esto tan solo dependería de los códigos electorales de cada provincia.
Cabe el preguntarnos, cómo hemos hecho para permitir semejante lectura.
El porcentaje de votos nulos y votos en blanco presente en los comicios de los últimos años, aún a pesar de ciertas campañas tendientes o que favorecen quizás a crear confusión, es en verdad importante. Y seguramente lo sería mucho más aún, si acabáramos de comprender que durante los comicios electorales se eligen única y exclusivamente representantes. Y lo fundamental que resulta para nosotros, y para la democracia, que tuviéramos claro que debemos concurrir a expresar nuestra voluntad motivados solo por dicha exigencia, y pensando como ciudadanos, responsables, que deben decidir en quién delegar responsabilidad.
Nada menos.

Parte IX

Ahora, para comprender qué nos sucede al enfrentarnos a las “listas cerradas” que en la actualidad utilizamos durante la votación, quizás deberíamos regresar a la tienda del segundo ejemplo. No sin antes recordar que durante las elecciones, al momento de elegir no somos un conjunto social, sino que somos individuos con un nombre y número de documento a solas en un cuarto al cual solo puede acceder un único ciudadano por turno. Los cuales, además, deben concurrir guiados exclusivamente por la responsabilidad de decidir en quién delegar responsabilidad. Razón esta, por la cual, durante la elección de representantes elegimos individuos, ciudadanos con identidad reconocible, y no partidos políticos. Por esto, es que en las boletas electorales no puede constar tan solo el nombre de la entidad conceptual de la cual estos emergen (partidos políticos). Ya que, de ser así, si eligiéramos partidos políticos en vez de representantes, estos partidos políticos bien podrían, de suscitarse por ejemplo una desavenencia interna, remover de su cargo a cualquier representante instituido por la voluntad del pueblo. Lo cual sería una grave afrenta (daño) a la esencia misma de nuestra Constitución, y a lo allí por nosotros dispuesto.
Regresemos a la tienda.
Imaginemos ahora que el tendero que nos ha retenido contra nuestra voluntad, además de obligarnos a comprarle una camiseta de verano, prenda que no necesitamos y por tanto no hemos requerido, agregara a la exigencia, a modo de combo o paquete cerrado, un traje de baño y un par de sandalias a la transacción. Lo cual elevaría el monto en su valor, al triple de lo que teníamos dispuesto gastar en la compra de nuestro abrigo.
Se torna inconcebible ¿No?... pero de eso se trata.
Bien, lo que nos sucede con una lista cerrada, es muy similar a lo que nos sucede durante la compra de un paquete cerrado donde nosotros no somos libres de elegir o disponer sobre los artículos que la componen. En este caso, si olvidáramos que es invierno y que nosotros necesitamos un abrigo, deberíamos agradecer al tendero, quien ha tenido el enorme gesto de permitirnos elegir “libremente” el color de la camiseta, la cual viene en rojo, blanco o amarillo.
Al no haber implementado las herramientas válidas necesarias para expresarnos acabadamente, una lista cerrada resulta ser, a nuestra libertad y a la verdadera democracia, nada menos que una estafa. Estafa legalizada, increíble contradicción, capaz de producir un daño profundo en nuestra integridad, el cual, aún, y quizás por ser precisamente las víctimas, no llegamos a evaluar en su magnitud.
Si como única o más importante condición para el fortalecimiento y sustentabilidad del sistema en el cual esta es posible, la democracia nos exige que elijamos uno, o varios, ciudadanos con identidad reconocible que nos representen, cómo es posible que no hayamos implementado entonces un simple sistema con el cual poder seleccionar individualmente, por sus nombres, a cada uno de los candidatos que hayamos seleccionado para tal fin. Siendo nosotros, como individuos componentes de ese conjunto social al cual denominamos “pueblo de la Nación Argentina”, quienes solventamos económicamente la puesta en función de dicho sistema, en este caso, dicho “error”.
Quiero decir, si en nuestra casa tenemos una pérdida de gas, y sabiéndolo, no hacemos nada al respecto, nos estamos generando un daño profundo. Porque puede matarnos.Porque aunque no muriéramos, viviríamos mal. Porque aún si no lo hiciera, el mismo consumo se vería incrementado, y esto se reflejaría en la posterior factura del suministro. Porque si un día cualquiera, nuestra cocina volara en mil pedazos, aún si siguiéramos con vida, la reconstrucción de la misma nos costaría diez veces más de lo que nos hubiera costado reparar esa falla. Y, fundamentalmente, porque quizás no vivamos solos en esa casa, y nuestros hijos, no tienen por qué verse obligados a aceptar esa inconcebiblemente irresponsable situación de riesgo en nuestras vidas, sus vidas, como si fuera algo normal.

Parte X

El haber cometido, o permitido que en nuestro nombre se cometan, esta serie de elementales errores en la interpretación de lo por nosotros mismos dispuesto en nuestra Constitución Nacional, nos ha conducido al interior de este enorme vaso de agua en el cual, al parecer, como conjunto social, irremediablemente hoy naufragamos. Y digo “al parecer”, queriendo decir en apariencia.
Ninguno de nosotros duda, de que, si al regresar a su casa usted se encuentra con una pérdida de gas, la arregla. Corta la llave de paso como primera medida, y luego la repara. Si no puede por sus propios medios, lo cual no es para nada aconsejable, llama a un gasista matriculado, quien no es más que un especialista con conocimientos específicos en la materia, y ahí concluye todo el problema.
Ahora bien, por qué no podremos proceder o resolvernos como conjunto, del mismo modo ante problemas tan elementales pero con imperiosa necesidad de resolución como lo son estos.
Qué nos hace ver, o entender, a alguien que se dedica profesionalmente a la política como a alguien distinto a un gasista, un mecánico, o un médico. Puestos ya en la función pública, quien se dedica a la política es un administrador de nuestros asuntos en el estado. Un administrador. Un componente de nuestra sociedad en quien nosotros hemos delegado temporalmente la responsabilidad de encargarse de nuestros asuntos en relación con ese común acuerdo a cual hemos denominado Nación Argentina.
Como en todos los órdenes de la vida, en estos temas también habrá personas tanto o más capaces aún, que no se dedican profesionalmente a la política pero que sin embargo bien pueden asesorarnos o resolver dichas fallas o errores en la interpretación de la misma.
Personas, a quienes deberíamos consultar para resolver estos problemas. Como para no encontrarnos un día con inconcebibles errores, quizás hasta involuntarios en la interpretación de sus mandatos que nos lleven a aceptar, por ejemplo, que un mismo ciudadano ya instituido en un cargo en la función pública por la voluntad del pueblo, decida postularse para representar a esa misma gente en otro puesto el cual no piensa ocupar.
Esto, es una falta grave a la esencia misma de la Constitución, quizás hasta comparable a una estafa.
Frente a lo que se denomina una “lista testimonial”, nos encontramos ante una situación muy similar a si nosotros hubiéramos elegido comprar uno de los tantos lavarropas automáticos que se encuentran en un comercio, y, efectuada la transacción, el comerciante, por ejemplo, en vez del lavarropas escogido nos entregara una tabla de lavar a mano.
Por supuesto, nosotros podemos negarnos a aceptar este artículo, y, factura en mano, en la cual consta descripción del modelo (nombre) y número de serie (semejante a un número de documento) exigirle al comerciante que cumpla con lo pactado en la compra, o se deshace la operación.
Si este se negara, bien a entregarnos el artículo por el cual hemos pagado, o en su defecto a regresarnos el importe abonado, bien podríamos iniciar una acción legal a tales fines.
Deberemos aceptar, por lo que ya hemos comprendido, que, en verdad, una lista de orden cerrado es “en si” una falta a la esencia misma de nuestra Constitución. La cual nos demanda la elección de conciudadanos con identidad reconocible en quien delegar responsabilidad, como única condición y medio para garantizar sus sustentabilidad y eficaz funcionamiento.
Ahora, si nosotros nos vemos obligados a aceptar una lista cerrada como una "unidad indivisible" al momento de votar, al menos, deberíamos comprender entonces que esta se trataría, o resultaría ser, una suerte de contrato o documento, previo, pactado en buena fe, en la cual las partes se comprometen a cumplir con lo pautado. Quiero decir, si allí se encuentran los nombres de diez ciudadanos que se postulan para asumir respectiva cantidad de cargos públicos, estos, deben estar en condición plena de asumirlos, de lo contrario, y aún si fuese tan solo uno de los integrantes de esa unidad quien no tuviese intención de cumplir con lo pautado, inhabilitaría inmediatamente al conjunto completo de esa unidad, ya que no hemos tenido oportunidad de elegir individualmente a cada uno de ellos.
Esto nos quiere decir, que todos aquellos ciudadanos que se presentan en una lista cerrada, de resultar electos, deben asumir el cargo por el cual se postularon o estarían cometiendo una falta grave a lo dispuesto en nuestra Constitución. Falta a la cual, bien podríamos interpretar como muy asemejable a una estafa, ya que la unidad denominada “lista cerrada”, habría expuesto, a nuestra consideración "para ser electa", a un miembro el cual no ha tenido intención de cumplir con su parte del contrato.
Lo cual nos libraría o eximiría, además, de obligación alguna respecto al mismo.
Por supuesto, si durante el transcurso de tiempo que media entre el momento en el cual se da inicio al contrato, en este caso la votación, y el momento en que estos deben cumplir con lo pautado, en este caso asumir los respectivos cargos públicos para los cuales se han postulado, uno de los integrantes, por ejemplo, falleciera, esto no inhabilitaría a la unidad, ya que esta habría actuado en buena fe, al no haber podido prever contingencias tales.
En todos los demás casos, en los cuales no pueda contemplarse causas de fuerza mayor, en verdad, no nos quedará más alternativa que comprender a acción semejante, como mala fe, muy asemejable a una estafa, ejercida o llevada a cabo con absoluta intencionalidad sobre la voluntad del pueblo y el alma de la Constitución Argentina.
Cuyas razones o motivaciones, no nos sería necesario discernir, o contemplar explicación al respecto. Ya que no estaríamos obligados, puesto que los contratos se cumplen, o se deshace la operación.
Cabe el preguntarnos, por qué nos habremos atado tan ferozmente las manos al legislar con respecto a nuestras obligaciones y derechos, que esto pueda acaso hasta llevarnos a dudar sobre ellos.

12/5/09

Parte XI

Para quienes se pregunten a que refiero con aquello de “no elección”, hablo de distintos grados, o mejor, cualidades de energía. Una “elección” es la decodificación en acción de un impulso eléctrico o de energía (pensamiento). La “no elección”, es una de las maneras de concebir o definir a aquellas otras cualidades de energía que no participan en la motivación de una elección.
En lo particular, así como ustedes, tampoco creo en la utilización de dicotomías, tales como positivo-negativo, para la descripción y/o comprensión de determinados fenómenos. Ya que estas, solo existen en un determinado plano (elemental) de nuestra comprensión de la realidad. Realidad, en la cual solo existe energía. Energía y conductividad, sin ningún otro tipo de categorización, aún para el caso de fuerzas opuestas que tienden al equilibrio.
Como vemos, no existe aquello de energía de carácter negativo o positivo, más que a través de una determinada perspectiva, o en función de una determinada finalidad de orden práctico. Así como tampoco, acciones negativas o positivas, las cuales se encuentran intrínsicamente relacionadas al marco o contexto en el cual se desarrollen. Como para comprenderlo: Un hombre que dispara un arma dentro de un polígono de tiro, no esta realizando acción negativa alguna. Pero, el mismo hombre con la misma arma, disparando el mismo proyectil dentro de un aula de una facultad con 40 personas a su alrededor, sin ningún lugar a dudas, transforma esta acción en negativa. Ahora, el mismo hombre, ejecutando la misma acción, rodeado por la misma cantidad de seres humanos, pero, en el contexto de una de las tantas dicotomías que conducen a la aceptación del concepto de “enemigo” para la resolución de nuestros conflictos, en tiempo de guerra dispara su arma detrás de las líneas del eventual enemigo, y es un héroe. De no comprenderlo, remitámonos a ejemplos concretos de nuestra historia. La cual nos demuestra con cual facilidad seguimos aún “culturalmente” aceptando la suspensión de nuestros valores humanos, cuando esta suspensión encuentra amparo en el marco de un esquema jurídico. Valores y leyes, que nos hacen comprender como inaceptable, aborrecible, negativa y punible, la acción de quitar la vida, salvo caso de legítima defensa, pero no así, la de la internalización del concepto “enemigo” como resolución, o salida a un conflicto. De no comprenderlo aún, remitámonos a Hiroshima o Nagasaki. Con su inmensa mayoría de víctimas civiles, niños, mujeres embarazadas, ancianos, muertos por miles al amparo del concepto “enemigo”.
Dicen, quienes han realizados trascendentales trabajos al respecto, y por supuesto comparto, que la raíz primogénita de todo conflicto, aún, y sobre manera, los que nos empujan a proyectar en el otro aquello que hemos conceptualizado como el enemigo, nos es más que nuestro propio miedo a la muerte. Por esto, en este mar en el cual en verdad tantas veces naufragamos, podríamos nosotros pensar que el único enemigo cierto de la vida, podría llegar a ser entonces la muerte. Pero esto no es así, porque la vida, como sabemos, es energía. Y no existe nada parecido a la “no energía” o la “anti energía”. Por tanto, la muerte no existe más que como concepto. Ya que la vida es energía, y como tal, no desaparece, sino que muta, se transforma, continúa.
La vida no es una más de nuestras posesiones, por lo cual no desaparece junto con nosotros ni podemos legarla. Y deberemos entender, además, que tampoco somos esa suerte de receptáculo estanco que la contiene, y creemos ser. Puesto que la vida, no esta “en nosotros” sino que la vida es “a través nuestro”.

Parte XII

Lo que nosotros comprendemos como la muerte, no es otra cosa que la erosión de la materia. La cual puede ser progresiva producto del natural desgaste efectuado por el paso del tiempo, o por enfermedad, como una roca expuesta a la lenta pero ineludible erosión del mar, o violenta, como la erosión producida por el rozamiento (la energía) de un proyectil al pasar a través de un cuerpo.
Deberíamos recordar ahora, que solo estamos hablando acerca del miedo, en este caso a la muerte o a la conceptualización que hemos hecho de ella, y no de la degradación o disfunción de las unidades (celulares o moleculares) que componen la materialidad de la vida presente en un organismo. Ya que estas, bien pueden dejar de prestar su determinada función específica por tantísimos otros factores, como lo pueden ser fallas genéticas o de orden congénito. Aunque el resultado (causa-efecto) pueda ser el mismo.
Por tanto, si la muerte no es el enemigo de la vida, ya que esta solo se trata de la erosión de la materia, podríamos deducir entonces que el miedo es en si mismo el enemigo. Y quizás no estaríamos tan equivocados, ya que sabemos que el miedo demanda enormes cantidades de energía para su sustento, a la cual accede utilizando a nuestra ignorancia como llave.
Allí radican y se nutren todos nuestros miedos.
Se teme a aquello que se desconoce, y perdemos ese temor a medida que más profundamente conocemos el “objeto” o situación generadora del mismo.
Por supuesto, al igual que ustedes, tampoco colocaría mi mano frente a una serpiente. Pero no por ello, por ejemplo, deberíamos privarnos de salir a vivir la naturaleza.
Tomando ciertos y serios recaudos, aquellos que nos brinda el conocimiento, con los cuales, por ejemplo, poder diferenciar entre una víbora o una culebra. O generalizar sus hábitos de conducta. Y por tanto determinar horarios y estaciones del año de mayor actividad. Extremando por esto los cuidados durante el verano. Saber cuales zonas de nuestro cuerpo se encuentran más expuestas a recibir una picadura. Y entonces no introducir descuidadamente nuestras manos debajo de piedras o troncos, ni pisar distraídamente sobre matas tupidas de hierbas o pajonales. O recordando caminar haciendo siempre abundante ruido, dado que ya sabemos que las serpientes no atacan sino que se defienden, y que su mayor órgano sensitivo capta con suma precisión las vibraciones. Conocer la forma en la cual pican e inyectan su veneno, y reconocer así su indispensable posicionamiento previo. Y, sobre todas las cosas, saber que existe un antídoto denominado suero antiofídico, el cual, cuidando ciertas condiciones, bien podemos llevar en un botiquín de campaña. Y, si así y todo, tuviéramos la desgracia de recibir una picadura, saber que lo más importante es conservar la calma, dado que de lo contrario, podrían elevarse nuestro ritmo cardíaco y presión arterial, aumentando el flujo sanguíneo, lo cual apresuraría los efectos del veneno en nuestro organismo.
Sin intensión alguna de demonizar a estos animales, que, comparados aún con el más inocente de los seres humanos, son sin ningún lugar a dudas muchísimo menos nocivos. Todos sabemos en cual cantidad, fundamentalmente en determinados ámbitos de la vida de nuestras sociedades, se aglutinan ciertos tipos de hombres y mujeres capaces de una ponzoña definitivamente aún más letal. No por ello, por ejemplo, deberíamos privarnos de la posibilidad de vivir de acuerdo a la manera en que creemos, y sentimos.
Sin duda, el único enemigo cierto de la Humanidad, somos los seres humanos mismos. Nosotros somos nuestro enemigo. Tanto así, que el concepto “enemigo” es una construcción hecha por el hombre, aplicable solo a las cosas de los hombres o a su interpretación. Y no estaría para nada mal, el comenzar a desinstalar definitivamente aquella idea (o información) del interior de nuestras mentes, para un día comenzar a construir una nueva estructura de pensamiento. Liberando a la razón de tanta oscuridad, tanto miedo.
A estas alturas, convendría el inquirirnos aquí acerca de cuál podría llegar a ser el verdadero enemigo de nuestra libertad. Ya que, si como conjunto no logramos vivenciarla y protegerla aceptablemente, tampoco lograremos acceder a ella individualmente más que en apariencias.
Como individuos sociales que somos, lo que no logremos como conjunto en este aspecto, nos afecta a todos y cada uno por más individualismo que profesemos. Y como hemos comprendido, el concepto “enemigo” no es más que una construcción intelectual con la cual hemos querido explicarnos algo que sucedía en nuestro interior. Por tanto, solo allí existe como tal y desde allí se proyecta hacia el otro y hacia lo que nos rodea. Y su raíz, íntimamente emparentada a la imposibilidad de resolución a un conflicto, esta intrínsecamente relacionada al miedo.
Pudimos creer, al “miedo a la muerte”, pero quizás esto no sea así, dado que la muerte, de alguna manera nos libera de la angustia concentrada en el conflicto, y, en todos los casos, bien podríamos asociarla a nuestros deseos más íntimos de alivio, muy próximos a lo idealizado por nosotros, de manera cuasi onírica, como la “libertad”.
Pero, ya sabemos que la libertad no es esto. Y que muy a diferencia de lo que nos sucede con la muerte, esta no nos remite a idea alguna de comodidad o descanso. Por lo cual, deberíamos comenzar a aceptar, quizás más abiertamente, que no hay miedo más profundo que el miedo a la libertad el cual es más profundo aún que el miedo a la muerte. Y como habíamos comprendido, el miedo viene a nosotros de la mano de nuestra ignorancia. Por ello será, quizás, que somos tan capaces de matar o morir en su nombre, con tal de no afrontarla.
Sería conveniente el diferenciar que, cuando hablamos acerca del miedo, lo hacemos refiriendo a las construcciones, o más específicamente al enorme cúmulo de errores, falsas interpretaciones, equívocas subjetivaciones, y a toda esa infinita cantidad de sombras que nuestra ignorancia o desconocimiento han permitido, y no a las señales con las cuales la mente protege la integridad de ese universo de órganos y estados que componen a un individuo. Ya que, así como el “dolor” es la señal con la cual nuestra mente se entera y nos entera cuando acontece un problema o circunstancia que puede comprometer el normal funcionamiento y/o integridad de nuestro ser, el “miedo” es la señal con la cual nos prevé, anticipadamente, de la posibilidad de este riesgo.

Parte XIII

Un voto en blanco y una boleta electoral con la cual expresarnos cuando no nos sentimos representados, aunque quizás similares en su funcionalidad, no son la misma cosa.
El voto en blanco, como tal, no esta contemplado, no hay una boleta sin ningún tipo de inscripción la cual ingresar en su sobre, y por tanto, no existe. Esa es la realidad. Y deberemos recordar, que la destrucción de un sobre o un boleta electoral, es un delito susceptible de sanción. Puesto que ambos, conforman una unidad. La unidad, sobre-boleta electoral, es una herramienta que nos pertenece, y como tal, es propiedad del estado en su conjunto.
El artículo 37 de nuestra Constitución, establece claramente que el voto nos es “obligatorio”. La herramienta implementada para cumplir con dicha obligación es la unidad sobre-boleta electoral. Destruir esa unidad en cualquiera de sus partes, es un delito. Por tanto, la destrucción de la unidad, también lo es.
Al no ingresar una boleta electoral dentro de nuestro respectivo sobre, estamos destruyendo la unidad denominada “voto”, la cual es una herramienta propiedad del estado en su conjunto, creada por nosotros para cumplir con un mandato expreso en o por nuestra Constitución, en donde se declara al voto obligatorio. Por tanto, no se trata solo de hacernos presentes, sino de cumplir con la acción de votar, razón esta, por la cual no podemos excusarnos de dicha acción, salvo casos de fuerza mayor, ya contempladas. Y razón por la cual, un voto en blanco pasa a ser un delito “culturalmente” aceptado ante la imposibilidad cierta de expresarnos adecuadamente, y ante la imposibilidad legal de establecer o corroborar, certificar, cuando este delito se produce, debido al secreto electoral.
O sea, si Constitución en mano nosotros pudiéramos demostrar que usted no ingresó ninguna boleta en el sobre con el cual debió expresarse, deberíamos exigir que se encontrara dicha acción como susceptible a sanción, ya que el artículo 37 indica expresamente la obligatoriedad del sufragio, entendido este como la acción de votar, y esta se concreta a través del ingreso de una boleta electoral junto a su respectivo sobre, el cual resguarda su confidencialidad, dentro de la urna respectiva.

Parte XIV

Es una herramienta "comúnmente" utilizada por nuestro estado conciente, el evadirnos o minimizar todo aquello que nos hace daño. Fundamentalmente si la solución a aquello que nos daña se encuentra momentáneamente fuera de nuestro alcance.
Así, deberemos aceptar que, dentro de ese cosmos de conocimientos al que denominamos “cultura popular”, dentro del cual se enmarca aquel “comúnmente”, solo una circunstancia no encuentra o no conlleva resolución, y esta es la muerte. La cual, nos vemos obligados a aceptar sin más, considerando quizás como única alternativa posible, la de valorar más plenamente cada momento de vida. El resto de las cosas o circunstancias, tienen solución. Todo depende de nosotros, de nuestra madurez y quizás también de nuestro coraje para hacernos responsables de nosotros y nuestro destino, y resolver, modificar, enfrentarnos o solucionar aquello que nos daña.
Entonces, por qué negarnos a aceptar el profundo daño en lo humano que nos produce el faltarnos el respeto de manera tal, de llegar a vernos cometer lo que podría llegar a entenderse como un delito, por el solo hecho de no haber implementado una herramienta válida que nos permita expresar acabadamente nuestra voluntad durante los sufragios electorales.
Este hecho que podría parecernos menor, no lo es.
Hay una etapa en nuestras vidas (y todos los que ya sean padres comprenderán más rápidamente lo que estoy por decir, y los que no, será cuestión de recordar cuando ellos mismos eran niños), en la cual no somos libres de decidir por entero sobre nosotros. Esa etapa es la infancia, la cual, en lo concerniente a nuestras leyes, suele extenderse, de una u otra manera, hasta la adolescencia.
Ahora, como sociedad, cabe el preguntarnos, por qué nos obligaremos a esta eterna inmadurez que nos impide enfrentarnos y resolver aquellos errores, algunos de ellos tan simples pero que nos han causado tanto daño, y salir así de lo negativo de este círculo (esta auto-impuesta imposibilidad de resolver), como para legar a nuestros hijos y a nosotros mismos, algo más que esta incomprensible impotencia (incapacidad).
Es hoy una práctica ya culturalmente aceptada, la de votar a aquellos candidatos que sabemos no tienen chance o posibilidad alguna de ganar, solo por el hecho de cumplir con la obligatoriedad de nuestro voto, aún así, aunque no nos sintamos en absoluto representados por estos, y con la única finalidad (o motivados tan solo por el deseo) de cometer el menos grave de los errores posibles, o al menos, de no formar parte de aquella que nos parece podría ser la peor de las elecciones.
Tendríamos que vernos a nosotros mismos a través de la mirada de un niño, un joven, nuestros hijos, tratando de explicar esta situación.
Las incomprensibles y degradantes e intrincadas y siempre inconclusas razones que esbozamos para justificarnos.
En verdad, en momentos como esos, damos pena.
En instantes como esos, toda la realidad y suerte del conjunto, se hace visible en nuestra realidad individual y como individuos, damos pena.
Y ni que hablar cuando votamos aquello que supuestamente ha elegido (o podría haber elegido) la mayoría, solo motivados por la ilusión, la esperanza de que quienes obtengan esa tan apetecible mayoría absoluta tengan la intensión de aprovechar aquella libertad de acción que da el respaldo (el pueblo) para hacer lo que deben.